Dos horas, veinticinco minutos.

Otra vez un barco y después, por primera vez: vos, que prometiste tanto.
No te conozco.
Creo conocerte.
Anoche me contaste un secreto, una mentira, algo de falsa información.
Y yo que creía que vos eras esa morsa.

Estás en el pozo de los leones, insisto para que salgas, parece no gustarte ese papel de diva.
Entonces se me dilatan las pupilas, siento tanto que creo no sentir, hurgo en tu mente con escarbadientes, río y reprocho. Me va despertando algo que suena como un rugido.

Contando: dos horas, veinticinco minutos.

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